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Marina Román dijo:
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Fecha de la entrada: 27/09/2011
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Fecha de la entrada: 27/09/2011
Redes sociales. En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha
mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga
antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que
carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados,
lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos,
consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo
de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo
mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más
fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina
que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así
ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro
hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes,
enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que
tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna
diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por
conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero
esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se
salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que
estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de
caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el
ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a
tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de
tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y
así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos,
ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano
de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones
suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos
requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito:
La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón
enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también
cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente
con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento
que merece la vuestra grandeza.